La encarnación como castigo por el pecado

El artículo siguiente, que trata del principio de la no retrogradación del Espíritu y elimina la idea de la reencarnación como castigo, fue obtenido del artículo “Sobre el principio de la no retrogradación del Espíritu”, de la Revista Espírita de junio de 1863. Contradice lo incluido en la adulteración del Cielo y del Infierno, como demostramos “La prueba más contundente de la manipulación del Cielo y el Infierno de Allan Kardec“".

Como se han planteado varias veces cuestiones sobre el principio de la no retrogradación de los espíritus, principio que ha sido interpretado de manera diferente, trataremos de resolverlas. El Espiritismo quiere ser claro para todos y no dejar a sus futuros adeptos ningún motivo para discutir sobre las palabras, por lo que todos los puntos susceptibles de interpretación serán dilucidados sucesivamente.

Los espíritus no retroceden, en el sentido de que no pierden nada de lo que han progresado. Pueden permanecer momentáneamente inmóviles, pero no pueden volverse malos por ser buenos, ni ignorantes por ser sabios. Este es el principio general, que sólo se aplica al estado moral y no a la situación material, que de buena puede volverse mala si el Espíritu lo ha merecido.

Hagamos una comparación. Supongamos un hombre de mundo, culto, pero culpable de un delito que le lleva a galeras. Para él, sin duda se ha producido una gran caída en la posición social y el bienestar material. A la estima y la consideración suceden el desprecio y la abyección. Sin embargo, no ha perdido nada en cuanto al desarrollo de su inteligencia. Llevará a la cárcel sus facultades, sus talentos y sus conocimientos. Es un hombre caído, y así es como deben entenderse los espíritus caídos. Dios puede, pues, después de un cierto período de prueba, sacar de un mundo donde no han progresado moralmente, a aquellos que le han descubierto, que se han rebelado contra sus leyes, y enviarlos a expiar sus errores y su endurecimiento en un mundo inferior, entre seres aún menos avanzados. Allí serán lo que eran antes, moral e intelectualmente, pero en una condición infinitamente más penosa, debido a la propia naturaleza del globo y, sobre todo, al medio en el que se encuentran. En una palabra, estarán en la posición de un hombre civilizado obligado a vivir entre salvajes, o de un hombre educado condenado a la sociedad de los forzados. Han perdido su posición y sus ventajas, pero no han retrocedido a su estado primitivo. No se han convertido de adultos en niños. Esto es lo que se entiende por no regresión. Si no han aprovechado su tiempo, tienen que empezar de nuevo. En su bondad, Dios no quiere dejarlos más tiempo entre los buenos, cuya paz perturban, y por eso los envía a vivir entre hombres cuya misión será hacerlos progresar enseñándoles lo que saben. Mediante este trabajo podrán avanzar y regenerarse, expiando las faltas pasadas, como el esclavo que paga poco a poco para comprar un día su libertad. Sin embargo, como el esclavo, muchos sólo ahorran dinero en lugar de acumular virtudes, las únicas que pueden pagar su rescate.

Esta ha sido hasta ahora la situación en nuestra Tierra, un mundo de expiación y pruebas, donde la raza adámica, una raza inteligente, fue exiliada entre las razas primitivas inferiores que la habitaban antes que ella. Por eso hay tanta amargura aquí, amargura que está lejos de ser sentida en el mismo grado por los pueblos salvajes.

Existe, ciertamente, un retroceso del Espíritu en el sentido de que frena su progreso, pero no desde el punto de vista de sus adquisiciones, a causa de las cuales y del desarrollo de su inteligencia, su degradación social le resulta más penosa. Por eso el hombre de mundo sufre más en un medio abyecto que el hombre que ha vivido siempre en el fango.

Según un sistema algo engañoso a primera vista, los espíritus no fueron creados para encarnarse y la encarnación sólo sería el resultado de su falta. Tal sistema es socavado por la mera consideración de que si no hubiera faltado ningún espíritu, no habría seres humanos en la Tierra ni en otros mundos. Ahora bien, puesto que la presencia del hombre es necesaria para el mejoramiento material de los mundos; puesto que contribuye con su inteligencia y su actividad a la obra general, es uno de los engranajes esenciales de la Creación. Dios no podría subordinar la realización de esta parte de su obra a la eventual caída de sus criaturas, a menos que dispusiera de un número suficiente de culpables para proporcionar obreros a los mundos creados y por crear. El sentido común rechaza tal idea.

La encarnación es, pues, una necesidad para el Espíritu que, en el cumplimiento de su misión providencial, trabaja por su propio progreso mediante la actividad y la inteligencia que debe desarrollar para proveer a su vida y bienestar.

Pero la encarnación se convierte en un castigo cuando, al no haber hecho lo que debía, el Espíritu se ve obligado a empezar de nuevo y multiplica sus dolorosas existencias corpóreas por su propia culpa. Un estudiante sólo se gradúa después de haber aprobado todas las clases. ¿Son estas clases un castigo? No. Son una necesidad, una condición indispensable para su progreso. Pero si, por pereza, se ve obligado a repetirlas, entonces es un castigo. Aprobar algunas de ellas es un mérito. Lo cierto, por tanto, es que la encarnación en la Tierra es un castigo para muchos de los que la habitan, porque habrían podido evitarla, mientras que pueden haberla duplicado, triplicado, centuplicado, por su propia culpa, retrasando así su entrada en mundos mejores. Lo que está mal es admitir, en principio, la encarnación como castigo.

Otra cuestión que se discute a menudo es la siguiente: puesto que el Espíritu fue creado simple e ignorante, con la libertad de hacer el bien o el mal, ¿no tiene una caída moral cuando toma el camino equivocado, considerando que hace un mal que antes no hacía?

Esta proposición no es más sostenible que la anterior. Sólo hay caída cuando se pasa de un estado relativamente bueno a otro peor. Ahora bien, creado simple e ignorante, el Espíritu está, en su origen, en un estado de nulidad moral e intelectual, como el niño que acaba de nacer. Si no ha hecho el mal, tampoco ha hecho el bien; no es feliz ni infeliz; actúa sin conciencia ni responsabilidad. Como no tiene nada, no puede perder nada y no puede retroceder. Su responsabilidad sólo comienza cuando se desarrolla su libre albedrío. Su estado primitivo no es, pues, el de una inocencia inteligente y razonada. En consecuencia, el mal que hace más tarde, quebrantando las leyes de Dios y abusando de las facultades que le han sido dadas, no es un retorno del bien al mal, sino la consecuencia del mal camino por el que entró.

Esto nos lleva a otra pregunta. ¿Podría Nerón, por ejemplo, mientras estaba encarnado como Nerón, haber cometido más maldades que en su encarnación anterior? A esto respondemos "sí", lo que no implica que en la existencia en la que hubiera hecho menos maldad hubiera sido mejor. Para empezar, el mal puede cambiar de forma sin ser un mal mayor o menor. La posición de Nerón como emperador, al haberle puesto en el punto de mira, permitió que sus acciones fueran más ampliamente reconocidas. En una existencia oscura pudo haber cometido actos igualmente reprobables, aunque a menor escala, que pasaron desapercibidos. Como gobernante, podría haber ordenado el incendio de una ciudad. Como persona corriente, podría quemar una casa y hacer perecer a su familia. Un asesino ordinario que mata a unos cuantos viajeros para desposeerlos, si estuviera en el trono sería un tirano sanguinario, haciendo a gran escala lo que su posición sólo le permite hacer a pequeña escala.

Considerando la cuestión desde otro punto de vista, podemos decir que un hombre puede hacer más mal en una existencia que en la anterior, mostrar vicios que no tenía, sin que ello implique degeneración moral. A menudo son las ocasiones las que faltan para hacer el mal. Cuando el principio existe en estado latente, llega la ocasión y se revelan los malos instintos.

La vida ordinaria nos ofrece numerosos ejemplos de ello: Un hombre que se tenía por bueno revela de pronto vicios que nadie sospechaba y que causan admiración. Es simplemente porque supo disimularlo, o porque una causa provocó el desarrollo de un mal germen. Es muy cierto que aquellos en quienes los buenos sentimientos están fuertemente arraigados ni siquiera tienen el pensamiento del mal. Cuando tal pensamiento existe, el germen existe. A menudo sólo falta la ejecución.

Entonces, como hemos dicho, el mal, incluso bajo formas diferentes, sigue siendo mal. El mismo principio vicioso puede ser la fuente de una serie de actos diferentes que tienen su origen en la misma causa. El orgullo, por ejemplo, puede hacer que se cometan un gran número de faltas, a las que se está expuesto mientras no se extirpe el principio radical. Un hombre puede, pues, tener faltas en una vida que no habría mostrado en otra, y que no son más que las diversas consecuencias del mismo principio vicioso.

Para nosotros, Nerón es un monstruo porque cometió atrocidades. Pero, ¿es creíble que estos hombres pérfidos e hipócritas, verdaderas víboras que siembran el veneno de la calumnia, expolian a las familias mediante la astucia y el abuso de confianza, que cubren sus fechorías con la máscara de la virtud para alcanzar sus fines con mayor seguridad y recibir alabanzas cuando sólo merecen execración, es creíble, decíamos, que sean mejores que Nerón? Desde luego que no. Reencarnarse en un Nerón no sería para ellos una regresión, sino una oportunidad de mostrarse bajo una nueva luz. En esta condición, mostrarán los vicios que solían ocultar. Se atreverán a hacer por la fuerza lo que antes hacían con astucia: ésa es toda la diferencia. Pero esta nueva prueba sólo hará más terrible su castigo si, en lugar de aprovechar los medios que se les dan para enmendarse, los utilizan para el mal. Sin embargo, toda existencia, por mala que sea, es una oportunidad para que el Espíritu progrese. Desarrolla su inteligencia y adquiere experiencias y conocimientos que más tarde le ayudarán a progresar moralmente.




Dios no se venga

El presente artículo, "Dios no se venga", fue extraído textualmente de Revista espírita — Jornal de estudos psicolos - 1865 > Maio > Dissertações espíritas.

I – Ideas preconcebidas

Os hemos dicho muchas veces que examinéis las comunicaciones que os sean dadas, sometiéndolas al análisis de la razón, y que no dejéis sin examen las inspiraciones que vengan a agitar vuestro espíritu, bajo el influjo de causas a veces muy difíciles de verificar por los encarnados, sometidos a innumerables distracciones.

Las ideas puras que, por así decirlo, flotan en el espacio (según la idea platónica), llevadas por los Espíritus, no siempre pueden alojarse solas y aisladas en el cerebro de vuestros médiums. A menudo encuentran el lugar ocupado por ideas preconcebidas que fluyen con el chorro de la inspiración, que la perturban y la transforman inconscientemente, es cierto, pero a veces lo suficientemente profundamente como para que la idea espiritual se desnaturalice por completo. .

La inspiración contiene dos elementos: el pensamiento y el calor fluídico destinado a calentar el espíritu del médium, dándole lo que llamáis el brío de la composición. Si la inspiración encuentra el lugar ocupado por una idea preconcebida, de la que el médium no puede o no quiere desprenderse, nuestro pensamiento se queda sin intérprete, y el calor fluídico se desperdicia en calentar un pensamiento que no es el nuestro. ¡Cuántas veces, en vuestro mundo egoísta y apasionado, hemos visto el calor y la idea! Despreciáis la idea que vuestra conciencia os debe hacer reconocer, y aprovecháis el calor en beneficio de vuestras pasiones terrenales, derrochando así a veces el bien de Dios en beneficio del mal. Así, ¡cuántas cuentas tendrán que pagar algún día todos los abogados en casos perdidos!

Sin duda sería deseable que las buenas inspiraciones pudieran siempre dominar las ideas preconcebidas, pero entonces impediríamos el libre albedrío de la voluntad del hombre, y ésta escaparía así a la responsabilidad que le corresponde. Pero si nosotros somos sólo los consejeros auxiliares de la Humanidad, ¡cuántas veces tenemos que congratularnos cuando nuestra idea, llamando a la puerta de una conciencia recta, triunfa sobre la idea preconcebida y modifica la convicción de los inspirados! Sin embargo, no debe creerse que nuestra ayuda mal empleada no delata un poco el mal uso que se puede hacer de ella. La convicción sincera encuentra acentos que, partiendo del corazón, llegan al corazón; la convicción simulada puede satisfacer convicciones pasionales, vibrando al unísono con la primera, pero conlleva un particular escalofrío, que deja insatisfecha la conciencia y denota un origen dudoso.

¿Quieres saber de dónde vienen los dos elementos de inspiración mediúmnica? La respuesta es fácil: la idea viene del mundo extraterrestre, es la propia inspiración del Espíritu. En cuanto al calor fluídico de la inspiración, lo encontramos y os lo quitamos; es la parte quintaesencial del fluido vital que emana. A veces lo tomamos de la persona inspirada, cuando está dotada de cierto poder fluídico (o mediúmnico, como decís); la mayor parte del tiempo lo tomamos en su entorno, en la emanación de benevolencia con la que está más o menos rodeado. Por eso se puede decir con razón que la simpatía hace elocuente.

Si reflexionas detenidamente sobre estas causas, encontrarás la explicación de muchos hechos que en un principio causan admiración, pero de los que todos tienen cierta intuición. La idea por sí sola no sería suficiente para el hombre si no se le diera la fuerza para expresarla. El calor es a la idea lo que el periespíritu es al Espíritu, lo que tu cuerpo es al alma. Sin el cuerpo, el alma sería impotente para remover la materia; sin calor, la idea sería impotente para mover corazones.

La conclusión de esta comunicación es que nunca debéis abdicar de vuestra razón, en el examen de las inspiraciones que os son sometidas. Cuantas más ideas adquiridas tiene el médium, más susceptible es a las ideas preconcebidas; debe también hacer borrón y cuenta nueva de sus propios pensamientos, depositar las influencias que lo agitan y dar a su conciencia la abnegación necesaria para una buena comunicación.

II – Dios no se venga

Lo anterior es sólo un preámbulo destinado a servir como introducción a otras ideas. He hablado de ideas preconcebidas, pero hay otras además de las que proceden de las inclinaciones de los inspirados; las hay que son el resultado de una instrucción errónea, de una interpretación creída durante más o menos tiempo, que tuvo su razón de ser en una época en que la razón humana estaba insuficientemente desarrollada y que, cronificada, no puede ser modificados a menos que por esfuerzos heroicos, especialmente cuando tienen la autoridad de la enseñanza religiosa y libros reservados. Una de esas ideas es esta: Dios se venga. Que un hombre, herido en su orgullo, en su persona o en sus intereses, se vengue, eso es concebible. Esta venganza, aunque culpable, está dentro de los límites de las imperfecciones humanas, pero un padre que se venga de sus hijos levanta la indignación general, porque todos sienten que un padre, con la tarea de formar a sus hijos, puede reconducirlos en sus errores. corregir sus defectos por todos los medios a su alcance, pero que la venganza le está prohibida, so pena de ser ajeno a todos los derechos de la paternidad.

Bajo el nombre de venganza pública, la Sociedad que está desapareciendo se vengó de los culpables; el castigo infligido, a menudo cruel, fue la venganza que tomó sobre el malvado. No tenía la menor preocupación por la rehabilitación de este hombre y dejaba que Dios lo castigara o perdonara. Le bastaba golpear con el terror, que juzgaba saludable, a los futuros culpables. La Sociedad de la que procedían ya no piensa así; si todavía no actúa con miras a enmendar al culpable, al menos comprende lo que encierra en sí misma la odiosa venganza; le basta salvaguardar a la Sociedad contra los ataques de un criminal, ayudado por el temor a un error judicial. La pena capital pronto desaparecerá de vuestros códigos.

Si hoy la sociedad se siente demasiado grande ante un culpable para dejarse llevar por la ira y vengarse de él, ¿cómo queréis que Dios, compartiendo vuestras debilidades, se vuelva irascible y golpee por venganza a un pecador llamado al arrepentimiento? Creer en la ira de Dios es un orgullo de la Humanidad, que imagina tener un gran peso en la balanza divina. Si a la planta de tu jardín le va mal, si se desvía, ¿te enfadarás y te vengarás de ella? No; lo enderezarás si puedes, lo sostendrás, forzarás sus malas tendencias con obstáculos, si es necesario lo trasplantarás, pero no te vengarás. Dios también.

¡Dios se vengue, qué blasfemia! ¡Qué disminución de la grandeza divina! ¡Qué ignorancia de la distancia infinita que separa la creación de su criatura! ¡Qué olvido de su bondad y justicia!

¡Dios vendría, en una existencia en la que no tienes memoria de tus errores pasados, para hacerte pagar caro las faltas que hayas cometido en una era borrada de tu ser! ¡No no! Dios no actúa así. Frena el impulso de una pasión desastrosa, corrige el orgullo innato por una humildad forzada, endereza el egoísmo del pasado por la urgencia de una necesidad presente que conduce al deseo de la existencia de un sentimiento que el hombre no ha conocido ni conocido. experimentado. Como padre corrige, pero también como padre Dios no se venga.

Cuidado con estas ideas preconcebidas de venganza celestial, restos dispersos de un antiguo error. Cuidado con esas tendencias fatalistas, cuya puerta está abierta a vuestras nuevas doctrinas, y que os conducirían directamente al quietismo oriental. La porción de libertad del hombre ya no es lo suficientemente grande como para empequeñecerla aún más por creencias erróneas. Cuanto más sientan su libertad, mayor será sin duda su responsabilidad, y más los esfuerzos de su voluntad los llevarán adelante, por el camino del progreso.

Pascua de Resurrección




La reencarnación según el espiritismo

Basado en el video del mismo título de charla semanal del Grupo de Estudio Espiritismo para Todos

Para demostrar (y no Probar) la reencarnación como ley natural, Kardec se fundamenta en los principios fundamentales del Espiritismo y del Espiritismo Racional. Entre ellos se encuentran los atributos esenciales de Dios ((Eterno, inmutable, inmaterial, único, todopoderoso, soberanamente justo y bueno. Ver El Libro de los Espíritus, Capítulo I, inciso III – Atributos de la Divinidad)), que son perfectos hasta el infinito. , aunque, si fuera diferente, éste no sería Dios mismo, siendo necesario, pues, que haya otro arriba, en perfecto estado.

Es a través de la realización y comprensión de estas condiciones esenciales que se deriva la comprensión de la creación divina. Como veremos más adelante, su creación también debe ser perfecta y sus criaturas, los Espíritus, perfectibles, que de otro modo no corresponderían a la infinita perfección divina.

Allan Kardec, al principio, no aceptó reencarnación. De hecho, ni siquiera aceptó la posibilidad de nuestra interacción con los Espíritus, en su juventud. Fue un educador emérito, plenamente vinculado a los conceptos de moralidad en la pedagogía, además de investigador de las ciencias de la época. Decía que, si se hacía bien la educación de los niños, ellos, cuando crecieran, no creerían en almas del otro mundo ni en fantasmas ((RIVAIL, H.- L.- D. Discurso pronunciado en el Reparto de premios. París, 1834 )). Fue sólo después de sus primeros contactos con los hechos espíritas, donde comprendió la existencia de una ley natural, que comenzó a estudiar, que, derrotado por la evidencia y la razón, aceptó, como la conclusión más racional, los hechos antes mencionados.

Sobre los Espíritus, dice Kardec, en la introducción de El Libro de los Espíritus: “Como señalamos más arriba, los seres que se comunican se designan con el nombre de espíritu genios“".

En cuanto a la reencarnación, encontramos un artículo de gran interés en Revista Espírita de 1858, del mes de noviembre, llamado “Pluralidad de acciones“, del cual tomamos el siguiente extracto:

[…] cuando nos enseñaron la doctrina de la reencarnación por los espíritus, estaba tan lejos de nuestro pensamiento, que habíamos construido un sistema completamente diferente sobre los antecedentes del alma, sistema, por cierto compartido por muchas personas. En este punto, la doctrina de los Espíritus nos sorprendió. Diremos más: ella nos antagonizó, porque anuló nuestras propias ideas. Como puede ver, estaba lejos de ser un reflejo de ellos.

Esto no es todo. Nosotros no nos rendimos al primer susto. Nosotros peleamos; defendemos nuestra opinión; planteamos objeciones y solo nos rendimos ante la evidencia y cuando nos damos cuenta de la insuficiencia de nuestro sistema para resolver todas las cuestiones relacionadas con este problema ((Ya hablamos sobre la importancia de este tipo de actitud para la investigación espírita. Lejos de constituir un acto de prepotencia o soberbia, es necesario y instigado por los mismos Espíritus – cuando son superiores)) .

KARDEC, Allan. El Libro de los Espíritus, 2ª edición. Nuestro énfasis.

Kardec, en ese mismo artículo, cuya lectura recomendamos vivamente, da algunas nociones preliminares sobre la antigüedad de la idea de transmigración de las almas. Los citaremos, para luego presentar las dificultades encontradas en los falsos en los que a menudo se basan, o llegaron a confiar.

De las diversas doctrinas que profesa el Espiritismo, la más controvertida es, sin duda, la de la reencarnación o pluralidad de las existencias corporales. Aunque esta opinión es actualmente compartida por un gran número de personas, y ya ha sido abordada por nosotros en varias ocasiones, consideramos nuestro deber aquí examinarla más de cerca, en vista de su extraordinaria importancia, y para responder a varias objeciones. que se han levantado.

Antes de profundizar en el asunto, debemos hacer algunas observaciones que nos parecen imprescindibles.

Para muchas personas el dogma de la reencarnación no es nuevo: resucita de Pitágoras. Nunca hemos dicho que la Doctrina Espírita sea una invención moderna. Como resultado de una ley natural, el Espiritismo debió existir desde el principio de los tiempos, y siempre nos hemos esforzado por probar que sus huellas se encuentran en la más alta antigüedad.

Como es bien sabido, Pitágoras no es el autor del sistema de la metempsicosis. Lo bebió de los filósofos indios y de entre los egipcios, donde había existido desde tiempos inmemoriales. Así, la idea de la transmigración de las almas era una creencia común, admitida por las más eminentes personalidades.

Ibídem.

Es interesante notar que, si bien esta idea fue aceptada desde la antigüedad, “por las más eminentes personalidades”, Kardec no la aceptó. Quizás haya dos posibles razones para ello: no pensó en ello, porque no admitió la supervivencia del Espíritu, o no encontró racionalidad en estas ideas. Es sobre este punto que entraremos a continuación, para demostrar que la ausencia de razón reside en los falsos principios, tomados de manera dogmática por el clero de las religiones y enseñados, desde los niños pequeños, a sus adeptos.

Falso principio de degradación del alma

En el artículo “La Doctrina de la Reencarnación entre los Hindúes”, de la Revista Espírita de diciembre de 1859, Allan Kardec retoma en profundidad el tema de la reencarnación, presentando lo siguiente:

Según los hindúes, las almas habían sido creadas feliz y perfecto y suya decadencia resultado de un rebelión; su encarnación en el cuerpo de los animales es un castigo. Según la Doctrina Espírita, las almas fueron y son creadas simples e ignorantes; es a través de sucesivas encarnaciones que, gracias a sus esfuerzos ya la misericordia divina, llegan a la perfección que les dará la felicidad eterna. Debiendo progresar, el alma puede permanecer estacionaria por un tiempo más o menos largo, pero no retrógrada. Lo que ha adquirido en conocimiento y moralidad no se pierde. Si no avanza, tampoco retrocede: por eso no puede animar seres inferiores a la Humanidad.

De ese modo, la metempsicosis de los hindúes se basa en el principio de la degradación de las almas. La reencarnación, según los Espíritus, se basa en el principio de progresión continua..

Según los hindúes, el alma partía de la perfección para llegar a la abyección.; la perfección es el principio y la abyección el resultado. Según los Espíritus, la ignorancia es el principio; perfección, gol y resultado. Sería superfluo tratar de mostrar cuál de estas dos doctrinas es más racional y da una idea más alta de la justicia y bondad de Dios.

Es, por lo tanto, por completo desconocimiento de sus principios que algunas personas los confunden.

KARDEC, Allan. Revista Espírita de 1859.

La creencia hindú en la caída en el pecado es compartida por muchas otras corrientes de pensamiento, incluida la Iglesia romana. Según esta creencia, habría que suponer que Dios no sería tan perfecto, pues, tras un error de su hijo, lo creó perfecto, por lo que, sin experiencia, lo somete a un castigo en la carne.

En el artículo “Sobre el principio de la no retrogradación de los espíritus”, de la RE de junio de 1863, Kardec destaca que:

Según un sistema, los espíritus no habrían sido creados para encarnarse, reencarnando sólo cuando cometen faltas. El sentido común repele tal pensamiento.

La encarnación es un necesitar para el Espíritu que, para cumplir su misión providencial, trabaja en su propia superación mediante la actividad y la inteligencia, que debe desarrollar para proveer a su vida y a su bienestar. Pero la encarnación se convierte en castigo cuando, no habiendo hecho lo que debía, el Espíritu se ve obligado ((esta obligación, por supuesto, se produce como resultado de una ley natural, divina, y no por la acción directa y arbitraria de Dios) ) a retomar su tarea y multiplicar por su propia culpa sus dolorosas existencias corporales.

Un estudiante solo se gradúa después de aprobar todas las clases. ¿Son estas clases un castigo? No: son una necesidad, una condición indispensable para su progreso. ((Esto está en plena sintonía con el pensamiento pedagógico de Kardec, alineado con la pedagogía de Pestalozzi, completamente centrada en la autonomía y muy alejada de los conceptos de castigo, que, dice Rivail, en su “Propuesta de Plan para la Mejora de la Instrucción Pública” (París, 1828), “irritan a los niños en lugar de convencerlos”)). Pero si, por pereza, se ve obligado a repetirlos, entonces es un castigo ((Recordando que la palabra “castigo”, para el Espiritismo y el Espiritismo Racional, tiene el significado de ser el resultado de una acción, y no de una imposición divina (ver Éste artículo). Así, es posible entender que la repetición de curso, para el estudiante, sería una consecuencia de sus acciones, y no un castigo infligido por ellos.)). Ser aprobado en algunos es un mérito.

Lo que es falso es admitir en principio la encarnación como castigo.

KARDEC, Allan. Revista Espírita de 1863. Énfasis nuestro.

Increíblemente, este falso principio dominó el Movimiento Espírita después de Kardec. Hoy, sin estudios, se habla, en el ambiente espírita, del karma, de la ley del retorno y de la ley de acción y reacción, atribuyéndose, a la reencarnación, esta característica arbitrariamente punitiva, del “ojo por ojo, diente por por un diente”. Es un completo disparate, que sólo existe, como decíamos, por la ausencia del estudio.

En la Revista Espírita de febrero de 1864, en el artículo “Disertaciones Espíritas – La Necesidad de la Encarnación”, Kardec presenta la comunicación de un Espíritu, asistido por otro, llamado Pascal:

Dios ha querido que el Espíritu del hombre se uniera a la materia para sufrir las vicisitudes del cuerpo. ((Al fin y al cabo, la reencarnación es una ley. Como diría Kardec en el primer artículo citado: «Dios no nos pide permiso; no consulta nuestro gusto. O es, o no es.»)), con el que se identifica hasta el punto de ilusionarse y tomarlo para sí mismo, cuando no sea más que su prisión temporal; es como si un preso se confundiera con las paredes de la celda...

Si Dios quisiera que sus criaturas espirituales fueran unidos momentáneamente a la materia, es, repito, para hacerlos sentir y, en efecto, para que padezcan las necesidades que la materia demanda de sus cuerpos, en cuanto a su sustento y conservación..

De estas necesidades surgen las vicisitudes que os hacen sentir el sufrimiento y comprender la piedad que debéis tener por vuestros hermanos en la misma situación.. Que estado transitorio es, pues, necesaria para el avance de vuestro Espíritu, que, sin ella, estaría estancado.

Las necesidades que el cuerpo os hace experimentar, estimulan vuestros espíritus y los obligan a buscar los medios para proveerlos; de este trabajo forzado nace el desarrollo del pensamiento. Constreñido a presidir los movimientos del cuerpo para dirigirlos, con miras a su conservación, el Espíritu es conducido al trabajo material y de ahí al trabajo intelectual, necesarios unos a otros, porque la realización de las concepciones del Espíritu requiere del trabajo del cuerpo y éste sólo puede hacerse bajo la dirección e impulso del Espíritu.

KARDEC, Allan. Revista Espírita, 1864. Énfasis nuestro.

A lo que Kardec observa:

A estas observaciones, que son perfectamente justas, añadiremos que, trabajando para sí mismo, el Espíritu encarnado trabaja para el mejoramiento del mundo en que habita, ayudando así a su transformación ya su progreso material., que están en los designios de Dios, de quien es instrumento inteligente. En tu sabiduría clarividente, La Providencia quiso que todo estuviese ligado en la Naturaleza; que todos, hombres y cosas, serían solidarios ((Este principio fundamental de la ley natural, demostrado por el Espiritismo, va contra el falso principio del Espíritu aislado en sí mismo. Veamos que, incluso sin saberlo ni quererlo, el Espíritu obra para el todo, desde siempre. Si hubiera sido creado perfecto (lo cual también es una tontería), no habría necesidad.)).

La reencarnación es necesaria mientras la materia domina al Espíritu. Pero como el Espíritu encarnado vino a dominar la materia y anular la efectos de su reacción en la moral, la reencarnación no tiene mas uso ni razón de ser.

De hecho, el cuerpo es necesario al Espíritu para la obra progresiva hasta que, habiendo logrado manejar este instrumento a voluntad, para imprimirle su voluntad, la obra está hecha..

Ibídem. Ídem.

No creo que se necesite más explicación. El principio del progreso sucesivo, a través de múltiples encarnaciones, se muestra como el único capaz de dar razón a todas las cuestiones planteadas hasta la fecha sobre la justicia divina.

En un próximo artículo continuaremos con el tema.




Aborto y Espiritismo: la REALIDAD sobre el tema

Querido lector, el tema del aborto está muy de moda… ¡Y cuántas opiniones absurdas, presentadas como la "visión espiritista del aborto", hemos visto dentro del Movimiento Espiritista (que, hoy en día, no representa al Espiritismo)! “Las mujeres infértiles pagan abortos en vidas pasadas” es solo un ejemplo. Siempre te recordamos: no hay karma, ni ley de retorno, ni pago de deudas., nada de eso.

En estos días, el tema volvió a su plena actividad, debido al caso de la niña catarinense, que quedó embarazada a los 11 años, y que dividió a la sociedad entre opiniones, y no menos en el medio espírita. Muchos, guiados por falsas ideas implantadas en el Movimiento, hablan de pecado, karma, deudas... De todos modos, como ya hemos señalado, nada de esto existe realmente, y el Espiritismo lo explica muy bien.

Volvamos al Libro de los Espíritus, revisando lo que hay en él sobre el tema:

357. ¿Qué consecuencias tiene el aborto para el Espíritu?
“Es una existencia anulada y tendrá que empezar de nuevo”.

358. ¿Es delito provocar el aborto en cualquier período del embarazo?

“Hay crimen cada vez que transgredes la ley de Dios. Una madre, o quien sea,
cometerá un delito cada vez que le quite la vida a un niño antes de nacer, por lo que
impide que un alma pase por las pruebas a las que se somete el cuerpo que
se estaba formando”.

359. En caso de que el nacimiento del hijo pusiere en peligro la vida de la madre
ella, ¿hay un crimen en sacrificar al primero para salvar al segundo?

"Es preferible sacrificar el ser que aún no existe que sacrificar lo que ya existe.

KARDEC, Allan. Mis cursivas.

En el estudio del Espiritismo, un pasaje aislado nunca puede tomarse como regla general. Es necesario comprender el todo, ya que los espíritus superiores suelen responder objetivamente a una pregunta, complementándola o aclarando otros puntos en otro momento. De no realizar el estudio de esta forma, veríamos contradicciones que, en realidad, no existen.

Los Espíritus, en tiempos de Kardec, usaban frecuentemente la palabra “crimen” para resaltar cualquier acto que realizáramos contra la Ley Natural. Sin embargo, el Espiritismo no es una doctrina de dogmas, sino una doctrina científica y racional. Ahora bien, dado que el hecho del embarazo puede poner en riesgo a la madre, ¿no es más justo preservar la vida de la madre, quien, tal vez, podría incluso intentar un nuevo embarazo? Es importante recordar que el progreso del Espíritu es ininterrumpido y, si esa existencia no es posible, deberá elegir otra.

Existe, sin embargo, el pensamiento materialista que impera actualmente en torno al aborto, y que, al hacer del ser humano una mera máquina biológica, quiere transformar la práctica en algo banal. Esto es un error, por supuesto, pero digamos que el hecho sucede, y que se vuelve legal realizar un aborto por la simple voluntad de la madre. ¿Cuáles serán las consecuencias, entonces, para los involucrados, ante la ley de Dios?

Ya hemos visto que, para el Espíritu del feto, será necesario reiniciar la planificación de la encarnación, que nunca es fácil. Pero, ¿y la madre, que practica el acto? Ella, como leímos arriba, estaría cometiendo un crimen contra la ley divina. ¿Habrá, pues, condenación?

Debe recordarse, querido lector, que no hay condenación, y que el castigo es siempre un efecto de conciencia del Espíritu sobre el acto realizado. Al equivocarse muchas veces, el Espíritu puede adquirir una imperfección, que lo hará sufrir y, eventualmente, arrepentirse y buscar reparación (en sí mismo). Sobre este tema, recomendamos al lector observar los estudios realizados en este video, con Paulo Henrique de Figueiredo. Pero, ¿y si el individuo no es consciente ¿a qué te dedicas?

Una mujer puede, por ejemplo, sin planearlo, quedar embarazada. estar lejos de comprensión de las leyes divinas, y no queriendo tener ese hijo, practica entonces el aborto, en cualquier etapa del embarazo. Ni siquiera piensa en ello, porque para ella es algo sencillo y sin implicaciones. Técnicamente, cometió un “delito”, pero ¿cuál será su sufrimiento frente a él? Tal vez ninguno, al menos hasta que, a través de la comprensión, tu forma de pensar cambie. Pero en ese caso, tal vez, cuando ella comprender el error que cometió, y que nunca volvió a cometer, está tan lejos que sólo habrá arrepentimiento, pero no necesariamente generará sufrimiento. Es un error. Cometemos errores en nuestro progreso. El problema es repetir el error a sabiendas.

Otro caso sería el de una mujer que, entregada a sus emociones, muchas veces, mediante un acto intrascendente, queda embarazada y que, cada vez que queda embarazada, aborta. Ella, cada vez, abortará la planificación de un Espíritu, pero el cuadro demuestra que lo que hace surge de una falta de conocimiento y también de un hundimiento en los placeres de la materia. ¿Ves el camino que deberá tomar hasta llegar a comprender que lo que hace está mal? ¿Tendrá que “pagar” por lo que hace? No, por supuesto, porque actualmente ya sufre los efectos de su forma de pensar y de actuar, que la alejan del bien, aunque no sea consciente de ello. Puede ser que, cuando tomes conciencia y comprendas tu error, elijas una forma de vida que te lleve a luchar directamente contra tus imperfecciones, o puede ser que, dependiendo de tus creencias, te sientas tan culpable que elijas reencarnar sin posibilidad de tener hijos, lo que puede ser más o menos útil en su expiación, es decir, en el proceso de superación de esas imperfecciones.

¿Y el Espíritu del feto abortado? ¿Estarás triste, enojado? ¿Odiarás a la ex-madre? ¿Querrás venganza? Por supuesto, todo esto depende de vuestros grados de comprensión y evolución, todo dependiendo de vuestras elecciones.

En todo, en cuanto a las transgresiones a la ley divina o natural, los efectos y posibilidades son infinitos, porque dependen del nivel de conciencia del individuo sobre lo que hace. Es un hecho que el aborto irreflexivo y generalizado es un profundo error del Espíritu Santo., pero esto sucede, creo, mucho menos por el acto mismo, y mucho más por el contexto que lleva a existir el error, y que es siempre el resultado de un completo desconocimiento de la moral espiritualista. Quienes practican el aborto intrascendentemente, casi siempre demuestran un pensamiento materialista que, por cierto, en varios aspectos de la vida, hace sufrir al individuo.

Mucho mejor que tratar de adivinar, desde la visión presente del sufrimiento, la infinidad de posibilidades pasadas que le dieron origen, es buscar estudiar el Espiritismo, en Kardec, y difundir el conocimiento. Si la mayor parte del mundo conociera la Doctrina Espírita y la evaluara racionalmente, no estaríamos aquí hablando de ella. Pero mientras la humanidad esté sumergida en el materialismo o dogma, que conduce al materialismo, se seguirán perpetrando los mismos errores y sus dolorosas consecuencias.

Es claro que el Espiritismo no puede estar a favor del aborto facilitado. En cierto modo, no podemos estar a favor de legalizar esta práctica. Pero entonces, caemos en la vieja discusión: ¿hasta qué punto el Estado puede inmiscuirse en decisiones individuales que, al menos desde un punto de vista materialista, afectan sólo al individuo mismo? Vemos, una vez más, que la lucha política no cambiará la sociedad por imposición. La transformación tiene que venir desde la base, desde la niñez, a través de la educación, abrazando la moral y la racionalidad.




“¿Cómo sé quién fui en otras vidas? ¿Cómo puedo saber lo que vine a rescatar en este viaje mío?

No es necesario.

El velo del olvido tiene su razón de ser y, muchas veces, saber de la otra vida trae más problemas que soluciónEs algo que una persona seria jamás haría, pero desgraciadamente hay individuos que están más interesados en el lucro y que, de manera irresponsable, se embarcan en este tipo de "trabajos".

Observándonos con una mirada muy crítica y honesta, comprobando nuestras propias imperfecciones, podemos identificar fácilmente lo que nos pone en dificultades ante las situaciones de la vida, comprendiendo, entonces, que esas situaciones difíciles son precisamente oportunidades, muchas veces planeadas por nosotros mismos. , para superar estas imperfecciones y avanzar hacia la verdadera felicidad.

Finalmente, destaco que, según la Doctrina Espírita, no hay “rescate”, no hay pago de deudas, No existe tal cosa como “karma” en este sentido: el Espíritu, consciente y libre, escoger pruebas y expiaciones (y oportunidades) con el fin antes señalado –superar las imperfecciones y adquirir virtudes–, nunca, nunca, siendo las dificultades de la vida el resultado de una mecánica divina, concepto ligado al dogma de la caída por el pecado. El único Espíritu que no elige sus pruebas es el Espíritu en estado de negación., que todavía reencarna, pero que sólo vive una vida que, por sí sola, frente a los contenidos de este individuo, le traerá dificultades y dolor moral, que un día lo harán salir de la negación y volver a buscar enfrentar esas imperfecciones. a través de elecciones conscientes.

Así que, cuando te enfrentes a una prueba difícil, no pienses: "Estoy pagando por algo o recuperando algo del pasado", sino: "Esta es una oportunidad de aprendizaje difícil pero importante. Voy a aprovecharla al máximo". Y para ello, comprender el Espiritismo en profundidad es sustancial!




Autonomía, la moral del nuevo mundo

Vivimos en un mundo hasta ahora dominado por los conceptos de heteronomía. Para entender bien este concepto, necesitamos analizar la etimología de la palabra: heteronomía se forma del radical griego “hetero” que significa “diferente”, y “nomos” que significa “ley”, por lo tanto, es el aceptación de normas que no son nuestras, pero que reconocemos como válidas para orientar nuestra conciencia que discernirá el valor moral de nuestras acciones. Esta comprensión es fundamental.

el mundo heterónomo

En el mundo heterónomo todo lo atribuimos a algo externo: la culpa es del diablo o del obsesor, el efecto es de la ira divina y la reparación es de la imposición. karma. Todo, absolutamente todo en el mundo heterónomo viene como una imposición externa, a través de leyes que respetamos por obligación y no por entendimiento. Y en ausencia de ella o de sus actores, nos encontramos sin límites y hasta sin amor propio.

La heteronomía es algo inherente y quizás incluso necesario a una condición de escaso avance espiritual, cuando, sin una comprensión más profunda de los mecanismos de la vida y la evolución, nos vemos obligados a atender, Sin temor, a las imposiciones de leyes divinas, humanizadas, o incluso leyes humanas, divinizadas. Desgraciadamente, como ya sabemos, también es muy utilizado por las religiones para mantener el control sobre sus fieles. Pero esto es algo que, como vemos, cambia a medida que avanza el espíritu humano, tanto en la ciencia como en la moral.

Un gran problema del concepto de heteronomía, o mejor dicho, de la creencia en ella, es que durante cierto tiempo estuvo involucrada la evolución del Espíritu: bueno, si el individuo cree que sus dificultades en la vida son un castigo impuesto por Dios , solo la acepta sumisamente (lo cual, eso sí, es importante), pero sin hacer nada por cambiarla. Solo espera el final de sus pruebas. Ni siquiera la caridad puede ser realmente entendida y practicada en un contexto heterónomo, como el individuo practica la caridad esperando un retorno, sin comprender que es una obligación moral y natural del ser pensante.

Otro punto muy problemático es que cuando un individuo cree en el castigo divino —y, peor aún, en el castigo eterno— es muy común que pierda cualquier límite tras cometer un error. Seguramente el lector ha escuchado innumerables veces la afirmación: “Ya me voy al infierno, así que un pecado más, lo que sea”.

Pero nos equivocamos si pensamos que el concepto heterónomo se encuentra sólo en las religiones. Desafortunadamente, incluso en el mundo espírita, este concepto también se ha infiltrado, especialmente con la adulteración de las obras Cielo e Infierno y Génesis, de Allan Kardec. Si hoy escuchamos constantemente, de boca de los espiritistas, las palabras “karma”, “ley de acción y reacción”, “rescate”, esto se debe en gran medida a estas adulteraciones, transmitidas de generación en generación y que hoy hacen que muchos de Nosotros, los espiritistas, todavía creemos que el “karma” me hace renacer en esta vida para “redimir” un error del pasado.

Veamos: es precisamente una de las adulteraciones más graves en el Cielo y en el Infierno la que inculcó este pensamiento heterónomo, que retrasa el avance del Espíritu, dentro de una Doctrina totalmente centrada en la autonomía del ser. En el capítulo VII, inciso 9 de la citada obra, leeremos: “Cada error cometido, cada mal cometido es una deuda contraída que debe ser pagada; si no en una existencia, será en la siguiente o en las siguientes”. Este artículo no existió hasta la muerte de Kardec, y sólo apareció en nuevas ediciones realizadas más de dos años después de la muerte del Profesor.

No — insisto en decir: en el Espiritismo no hay karma, ni "ley de accion y reaccion”Y menos aún, el 'rescate'. Son conceptos que, en esencia, tienen el mismo efecto que la creencia en el castigo divino.

Autonomía

Frente al concepto de heteronomía, la autonomía (yo — de sí mismo) sitúa al individuo en el centro de su evolución. De vuestra voluntad depende, única y exclusivamente, tanto vuestras acciones como vuestros pensamientos y los espíritus atraídos o repelidos por ellos.

En el concepto de autonomía, que no nació con el Espiritismo, pero que fue ampliado por esta Doctrina —y demostrado—, el Espíritu es dueño de sí mismo y de sus elecciones desde el momento en que desarrolla conciencia y, con eso, pasa a tener la libre voluntad. Así, elige entre el bien y el mal, o mejor dicho, elige formas de actuar frente a las situaciones y se felicita o no por sus efectos. Sin embargo, cuando el efecto es negativo, no significa que estés siendo efectivamente castigado por un Dios que castiga, sino que estás sufriendo las consecuencias morales de tus actos. Y estas consecuencias morales sólo existen para el Espíritu que ya es consciente de su existencia, por lo que los animales, por ejemplo, no las tienen.

Es así como, evaluando las consecuencias de nuestros actos y, cuando más conscientes, las imperfecciones morales que nos llevan a equivocarnos, nos imponemos vidas llenas de evidencias y expiaciones, para tratar de deshacerse de estas imperfecciones, aprendiendo:

“Algunos, por tanto, se imponen una vida de miserias y privaciones, queriendo soportarlas con valentía”, cuando quieren adquirir paciencia, resignación o saber actuar con pocos recursos. Otros quieren probar si ya han superado las pasiones inferiores y por eso “prefieren experimentar las tentaciones de la riqueza y el poder, mucho más peligrosas, por el abuso y la mala aplicación a que pueden dar lugar”. Quienes luchan con el abuso que han cometido “deciden poner a prueba sus fuerzas en las luchas que tendrán que sostener en contacto con la adicción” (El libro de los espíritus, p.220).

Está claro: al hacer el mal contra los Espíritus Inferiores, tendremos una posibilidad casi garantizada de recibir, a cambio, venganza; pero esta venganza, si la hay, es el efecto de elección del otro Espíritu, y no de una reacción “karmática” de una supuesta “ley de acción y reacción” –que, de hecho, es una ley de la Física Newtoniana, y no divina. Al practicar la venganza, el otro Espíritu también comete errores, pues da origen al hábito de sus imperfecciones y, por tanto, puede entrar en un círculo de error y venganza con el otro que puede durar siglos. Cuando esto no sucede -y este es el punto clave- el efecto es simplemente que el Espíritu comete el error de permanecer más tiempo alejado de la felicidad de los Espíritus buenos, debido a sus propias imperfecciones.

No existe una “ley de acción y reacción” en el Espiritismo

Muchas personas, apegadas a viejos conceptos del pasado, se sienten perplejas ante tal afirmación, pero cualquiera que se haya dedicado al estudio del Espiritismo puede percibir que la moralidad autónoma, en todo, se hace muy clara a nuestros ojos, por la concordancia de las enseñanzas universales de los espíritus. ¿Qué ganamos haciendo el bien? Nos moveremos más rápido. ¿Y qué sufriremos por hacer el mal? Seremos retenidos por más tiempo por la inferioridad espiritual y por encarnaciones sucesivas en mundos inferiores.

El Espiritismo nos muestra que, cuando entramos en el círculo de la conciencia, comenzamos a hablar de nuestros propios destinos, y las pruebas y expiaciones que enfrentamos en la presente encarnación se deben a nuestras propias elecciones, hechas antes de encarnar, aunque muy difíciles, ya que , en un estado de espíritu errante (liberado del cuerpo), evaluamos mucho más claramente nuestras imperfecciones y, así, elegimos las oportunidades, aunque sufridas, para aprender y elevarnos. El Espiritismo, por cierto, bien entendido, nos favorece para hacer mejores elecciones, porque dejamos de desear sólo expiación errores pasados, en una mecánica de pecado y castigo, y comenzamos a elegir oportunidades que nos lleven más profundamente a aprender y desarrollar mejores hábitos, ocultando las imperfecciones que hemos convertido en hábitos.

Ya abordamos un caso muy típico, extraído de la Revista Espírita, que trata de la cuestión de las elecciones del Espíritu en cuanto a sus pruebas, tratada por Kardec en Evocación del asesino Lemaire, en el número de marzo de 1858.

Otro caso muy interesante es el de antonio b, quien, habiendo emparedado viva a su esposa en su vida anterior, y sin saber cómo afrontar esta culpa, planeó una encarnación donde acabó enterrado vivo, después de ser dado por muerto. Despertó en el ataúd y en su interior sufrió horriblemente hasta su muerte, como si hubiera “pagado” esa deuda con su propia conciencia. Lo que realmente importa en este caso es que, de hecho, en vida, fue un hombre honesto y bueno, y no necesitaría este trágico final para “dar sus frutos” en nada.

Una prueba racional de que no existe tal “ley”: si un Espíritu inferior comete un mal contra un Espíritu superior, ¿qué recibirá a cambio? Nada más que comprensión y amor. El ejemplo del asesino Lemaire nos lo demuestra. ¿Dónde sería entonces el regreso? ¿En otro Espíritu que Dios designaría para su “venganza”, para “cobrar una deuda”, convirtiéndolo así también en un Espíritu deudor de la Ley?

No, querido hermano: no hay retorno sino en la comprensión, tarde o temprano, por parte del Espíritu mismo, de que no es feliz mientras sea imperfecto. Por supuesto, también debemos recordar: el Espíritu está en el ambiente donde le gusta, y atrae Espíritus de la misma vibración hacia sí. Por lo tanto, puede incluso sentirse feliz, pero nunca será feliz el Espíritu que, por sus predisposiciones, sólo atrae hacia sí a los Espíritus inferiores. En esto consiste también una especie de castigo.

La razón explica, guía y consuela

La mayor característica del Espiritismo es ser una Doctrina científica racional, cuya teoría nació de la observación lógica de los hechos y de las enseñanzas de los Espíritus. Ahora bien, tratándose de Dios, ¿cuál sería la razón para que Él nos castigue con castigos, ya que Él nos creó y sabe que nuestros errores nacen de nuestras imperfecciones? No hay racionalidad en eso. Es como si castigáramos a nuestros hijos por equivocarse en matemáticas o por meter el dedo en el zócalo: en cualquier caso, el dolor o la sensación de quedarse atrás es el castigo en sí mismo, y al agregarle un castigo adicional, solo estamos condicionando el siendo no pensar y sólo tener miedo de cometer errores - y por lo tanto, tener miedo de intentarlo.

Hablamos de la razón: porque es principalmente por ella que el Espiritismo nos lleva a mejores opciones evolutivas. Al comprender profundamente la Doctrina, dejamos de tomar decisiones por imposiciones o expectativas externas, ya sea porque “Dios lo quiere”, porque “Jesús espera”, o porque “el diablo acecha”. Empezamos a tomar mejores decisiones, con una voluntad más activa, cuando entendemos que cuanto más permitamos nuestras imperfecciones o nuestra materialidad, más nos llevará salir de esta dolorosa y brutal “rueda de encarnaciones”.

Esta comprensión también es gran remedio contra el suicidio: ya no lo vemos con las concepciones de pecado y castigo - que todavía son difundidas y defendidas incluso en el medio espírita - sino con una comprensión racional: si soy un espíritu inferior, lleno de imperfecciones, significa que la vida es un rico oportunidad de aprendizaje. Acortarlo por mi elección, además de ser una gran oportunidad perdida, será sólo una pérdida de tiempo, porque me veré, en Espíritu, imperfecto como soy, tal vez aún más abierto, y tendré que volver atrás. y comenzar una nueva existencia para poder aprender y deshacerme de las imperfecciones que me impiden ser más feliz.

La expiación explicada a la luz de la Doctrina Espírita

Kardec lo define así, en las Instrucciones Prácticas sobre las Manifestaciones Espíritas, de 1858:

EXPIACIÓN: pena sufrida por los Espíritus en castigo de las faltas cometidas durante la vida corporal. Como sufrimiento moral, el expiación se encuentra en estado errante; como sufrimiento físico, en el estado encarnado. Las vicisitudes y tormentos de la vida corporal son, al mismo tiempo, pruebas para el futuro y expiación Al pasado.

Parece, a partir de este texto, que Kardec defendió entonces que, sí, nosotros pagamos en la vida presente por los errores del pasado? No exactamente. No podemos olvidar que, para la Doctrina Espírita, la autonomía, o el Espíritu como actor central de todo, es la pieza clave de todo. Por lo tanto, incluso en el caso de expiación, es algo que consiste en la elección del Espíritu mismo, para buscar la superación de una imperfección adquirida:

La duración del castigo está sujeta a la mejora del espíritu culpable. No se pronuncia contra él ninguna condenación por tiempo determinado. Lo que Dios requiere para poner fin al sufrimiento es la arrepentimiento, expiación y reparación, en una palabra: una mejora seria y eficaz, así como un retorno sincero al bien.

KARDEC, Allan. El cielo y el infierno. Traducción de Emanuel G. Dutra, Paulo Henrique de Figueiredo y Lucas Sampaio. Editorial FEAL, 2021.

Y, para comprender mejor el uso de los términos castigo y castigo, de Allan Kardec, es necesario comprender el contexto filosófico del Espiritismo Racional, en el que se insertó. Ya hablamos de esto en el artículo “Castigo y recompensa: hay que estudiar a Paul Janet para entender a Allan Kardec“".

Sin embargo, sabemos bien que “los tiempos han llegado” y que el planeta Tierra poco a poco dejará de ser un planeta de pruebas y expiación para ser un mundo de regeneración, donde debería haber encarnaciones un poco más felices que las actuales. Utilicemos por un momento la razón para evaluar todo lo expuesto hasta ahora:

Si la Doctrina Espírita, enseñándonos moralidad autónoma, traza mejores caminos y mejores opciones, pensemos: ¿qué enseña más al individuo? Un sufrimiento del mismo tipo y grado, como en el caso de Antônio B, arriba, o, entendiendo las imperfecciones que nos llevaron a hacer el mal, en primer lugar, una vida llena de oportunidades, a menudo bastante desafiante y laboriosa, para ejercer aprender y hacer el bien?

¿Entiendes a dónde vamos? todo, absolutamente todo, depende de nuestras elecciones frente a nuestra capacidad de comprendernos conscientemente, y, en eso, el estudio del Espiritismo nos apalanca en varios pasos.

Es por esto que el mundo dejará de ser un mundo de pruebas y expiaciones: porque los Espíritus que aquí encarnan comenzarán a elegir mejor sus encarnaciones, dejando de aplicar la ley del talión (ojo por ojo, diente por diente) a sí mismos para luego cuidar de desarrollar hábitos morales más saludables. Incluso en esto contactamos con que todo viene del individuo hacia el exterior, y no al revés.

Conclusión

Por eso, hermanos, adelante: estudiemos a fondo el Espiritismo y, conociendo hoy las adulteraciones en O Céu e o Inferno y A Genesis, estudiemos las versiones originales (ya disponible por FEAL) para que no perdamos más el tiempo con conceptos heterónomos y, sobre todo, para que no repitamos más, en el ambiente espírita, la declaraciones lamentables como aquellos que dicen que “fulano de tal nació con problemas mentales porque está pagando por un error de su vida pasada”. Esto, además de ser un error absurdo, aleja del Espiritismo.

Vea un ejemplo:

Sorprendámonos: esta frase no es de Kardec. Tampoco parece ser suyo, ni se encuentra en NINGUNA de sus obras. Esta es una prueba más de cuánto el Espiritismo fue invadido por falsas ideas, casi siempre antidoctrinales.

Nuestras pruebas son ricas oportunidades, casi siempre escogidas por nosotros mismos, imponiéndose sólo en los casos en que no tenemos condiciones concienciales para tales elecciones y, aun así, se dan por acción de benevolencia de Espíritus superiores, y no como castigo divino.

El alma o Espíritu sufre en la vida espiritual las consecuencias de todas las imperfecciones que no ha podido corregir en la vida corporal. Tu estado, feliz o infeliz, es inherente a tu grado de pureza o impureza. (El cielo y el infierno).

El mayor castigo es que sigamos por incontables edades arrastrándonos en el lodo de nuestras imperfecciones. Eso es suficiente.


Nota: el título del artículo proviene del texto del mismo título, que sirvió de inspiración para este, del libro Autonomia: a história sem contada do Espiritismo, de Paulo Henrique de Figueiredo.

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